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En medio de un reordenamiento interno, la oposición debate su futuro ante un 2026 que promete tensiones por el rol de la expresidenta, hoy condicionada por su condena y el rechazo social. Mientras Kicillof intenta aprobar el endeudamiento bonaerense, crece la sospecha de un «desgaste» orquestado por La Cámpora y el massismo.

El peronismo atraviesa su peor crisis de representatividad en décadas, sumido en un laberinto de internas y cuestionamientos que preanuncian un inevitable cambio de ciclo político. Con Cristina Kirchner detenida y limitada por la condena en la Causa Vialidad, su liderazgo histórico se encuentra jaqueado de cara a un 2026 que será determinante para el rearmado opositor. Referentes del espacio bonaerense advierten que la expresidenta «está estirando un ciclo agotado» y que la discusión por el poder se volverá «brava» camino al 2027, con figuras como Axel Kicillof y Ricardo Quintela desafiando abiertamente su centralidad.

En el corazón de este conflicto se encuentra la provincia de Buenos Aires, donde la relación entre el gobernador Kicillof y La Cámpora está rota por la desconfianza. A pesar de los gestos públicos de unidad y discursos conciliadores de dirigentes como Facundo Tignanelli, desde el entorno del mandatario provincial denuncian una «sobreactuación» y aseguran que el kirchnerismo duro, en alianza con el massismo, busca «limar» y desgastar su gestión. La traba en la aprobación de la ley de endeudamiento es vista en La Plata como una maniobra deliberada: mientras el Ejecutivo propone un reparto objetivo de fondos, sus socios internos exigen una comisión bicameral discrecional, lo que el kicillofismo califica de «locura burocrática».

El escenario legislativo nacional también refleja esta fragmentación y la falta de una conducción unificada. Los gobernadores del PJ presionan para salir de la agenda «ambacentrista» impuesta por el kirchnerismo y reclaman mayor protagonismo en las decisiones parlamentarias, poniendo en duda la continuidad de las actuales autoridades de bloque. La necesidad de mostrar un nuevo programa político choca con la omnipresencia de CFK, cuya figura, según históricos dirigentes, «tiñe de pasado» cualquier propuesta de renovación, impidiendo que el peronismo conecte con las demandas actuales del electorado sobre reformas laborales o el rol del Estado.

Frente a este panorama, la dirigencia de Fuerza Patria camina por una cuerda floja, intentando evitar una ruptura expuesta que solo beneficiaría al gobierno de Javier Milei. Sin embargo, la dinámica interna está dominada por una horizontalidad forzada y una sospecha generalizada: «todos desconfían de todos». Mientras Massa y Cristina piden bajar los decibeles para terminar el año en paz, la realidad subterránea muestra una fuerza política en ebullición, donde la disputa por el liderazgo y la identidad del próximo proyecto nacional amenaza con reconfigurar el mapa del poder peronista para siempre.

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